viernes, 12 de noviembre de 2010

Poco Hombre Poco

Poco Hombre Poco


El té se acabó


y su sabor amargo

prevalece

en la punta de mi lengua,

en lo oscuro de mi garganta

Mis pulmones

consumieron

todo el tabaco posible

y hoy me siento más pesado,

el aire más denso.

Te estuve esperando con los ojos rojos,

las manos impacientes y los pies fríos.

Dónde estabas,

no lo sé,

pero una lluvía fina

caló los huesos y el alma

de este poco hombre poco.

No pude alejarme de la pantalla

y lo mortecino de su luz

cegó mi ilusión y quebró mi sueño.

Es difícil

dormir,

vivir,

amar sin tí.

Es duro no verterme junto a ti

y no estás

en el reflejo del espejo,

en esa foto,

junto a mi almohada,

desnudo de todo,

vacio de todo.

Qué quieres que te diga

si la costumbre de tus manos

ya no acaricia mi cuerpo.

No estoy para nadie,

ni el cielo

ni el té

ni el tabaco

están para mí tampoco.

Te busco en mis recuerdos

y tu rostro y tus manos y el cielo en tus ojos

se difuminan y no te veo.

Cuando mi voz de barro

emitió un desconche

supe

que era tarde para lamer

mis heridas y escapar

de todo, porque todo

lo mío eras tú

pero

tú no eras todo lo mío.

Y no pude olvidarte

y me repito

como un autómata

en un cuerpo de venas y sangre oxidada,

just say love.

Just say love

just say it

just love.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Hoy Soy

I si aun sigo vivo,
Si mi vida es mía,
Que debo hacer.

¿Tener todo lo que necesito,
lO Que veO?

Si aun sigo vivo
Que mi corazón huya del pulso aletargado y seguro de las tortugas.

I si aun sigo vivo,
Que se me dispare el pulso,
Eso es,
Y
que
corte
Y
que
vuele
Y
que
salte
Y
que
renuncie
A
Frenar
En
Seco.

Una mierda voy a parar ahora.
Y si,
Y si,
Y si,
Ya esta bien.
aun seguiré vivo
Si mi vida es mía.

Recuerda que hoy soy libre de todo
Discuto,
Mañana ya se verá.

Hoy soy,
Mientras tanto sigo vivo,

domingo, 7 de noviembre de 2010

Descúbreme el mundo

Luciente y reluciente
deslumbras mis ojos
cada vez que te miro.
Creces en mis manos
cuando respiras
y te descubres desnudo
al sol y sabes a sal
y a sangre y a espuma
y a potente juventud.

Descúbreme el mundo
y te lo daré todo.
siente en mi aliento
tu aliento de vida
y tu latido airado
y embravecido.

No sé cómo fue
pero noté correr la sangre
de las heridas en tus manos
aun cuando no conocía
ni la existencia de tus brazos.

¿Es la vida eterna
si a tu lado existo,
enamorado del cielo en tus ojos,
del ardor en tus labios?

I´m easy, dijiste
con tu acento anglicano
y te tuve que besar
por miedo a perderte.

Pero, dime,
cuánto hace que tu saliva es la mía,
cuánto hace que acaricias
mis manos con tus manos,
acostumbradas a no existir
enraizadas en las tuyas.

Madrid no es Madrid sin ti,
ni la vida ni la muerte
existen al verterme
en tus pupilas.

Soy todo tuyo cuando no estás
y cuando lo estás ami lado.
¡Qué fugaz el tiempo ahora!
¡Qué lento entonces!

Are we faithfull to each others?
preguntaste,
of course,
contesté de inmediato.

Y no puede caber
otro sol en mi pecho
cuando tú
ya estás dentro,
calentando
y esforzándote en verter
todo tu ser
en este invierno de entrañas,
en las que la nieve
estaba condenada a ser
charco en mis manos.

No quiero, que no quiero
pisar donde no has pisado
ni que recorran mis pies
pueblos que no has conocido.

Y habitar es vivir
y yo habito entre tus párpados
y eres el brillo del sol
y el sol mismo en su ocaso.

Tu sabor prevalece tibio
al recordarlo en mis labios
y tu palidez enciende la noche
con más fuerza que los astros.

¿Qué eres acaso?
¿Acaso eres?
Existes y yo existo
si tu existes.

La alegría se desborda
en mi sonrisa
y se agudiza
con el sudor de tu espalda

¡Qué calidez acolchada
la de tus dedos en mi pecho!
Tacto sobre tacto
Y mi tacto dentro y fuera de tu cuerpo.

Vivir sin ti no es vivir
y Madrid se despierta
más oscura
de cómo acostumbra.
El rumor de unos tacones lejanos
late en la penumbra
de sus calles y en sus calles
escribo un poema
en el reverso de una postal,
la postal en un sobre
y el sobre en mi regazo.

Y pienso en ti y en mí y en un país
que no es el nuestro.
Allí deambularemos
allí descubriremos
rincones y escondites
y canales y avenidas
y podré quererte más y más
a cada esquina que giremos.

Descúbreme el mundo,
por favor,
hazlo,
porque
Te quiero y Te quiero
y ni tan siquiera
me has besado lo suficiente
para saciar
mis labios de tus labios
extrañados.

viernes, 5 de marzo de 2010

Era tarde cuando llegó la lluvia
Y yo llegué pronto
Para ver las primeras gotas
deslizarse por las baldosas de la calle

Era tarde cuando cesó la lluvia
Y yo llegué pronto
Para ver las últimas gotas
Secarse en las baldosas de la calle

Era tarde cuando llegaste tu
Y yo llegué pronto
Para ver como
las primera y últimas
gotas de lluvia
Se agolpaban en tu pelo,
buscando la armonía
en tu eternidad de rizos.

El beso fue inconsciente,
nacido de la rutina
de tardes esperándote
en la boca del metro.

despierta, despierta
maldito loco,
es tan solo un beso de tantos.
Nuestros besos,
Solo nuestros,
Pero tantos...

Fundiste tu mano en el hueco de mi brazo
Y caminamos, despacio,
Desgastando la acera a cada paso.

De pronto me detuve y te extrañaste,
Mostrando en tu rostro
Lo antiguo de las arrugas.

Pensé,
joder,
la eternidad no es armoniosa.

Bésame que se agota el tiempo.

sábado, 30 de enero de 2010

11:22


Había pasado una semana desde que llamé a la Editorial y un día después llegaron mis nuevos vecinos. Aparcaron frente a su casa un gran todoterreno negro, de formas elegantes, diría incluso presuntuosas, de cristales oscuros y llantas impolutas. Se bajaron con ademanes estudiados y repetidos hasta la saciedad. Mantenían una conversación intensa, interrumpida de a pocos por sonoras carcajadas y gestos exagerados. El conductor llevaba un jersey gris y unos vaqueros desgastados y había guardado las llaves del coche en el bolsillo trasero del pantalón. El copiloto era un poco más bajo, pero sus espaldas doblaban las de su compañero y sus brazos lucían fuertes bajo una sudadera arremangada. Subieron al porche y observaron toda la calle, en silencio, antes de entrar en su nueva casa, sin olvidarse de la caja que había en el felpudo. El más bajito torció el gesto e introdujo el juguete por completo en la caja, intentando remendar el agujero del cartón.
No volví a verlos hasta una semana después, de manera fugaz, cuando bajé al pueblo con Nylon.


Era martes y mes y medio antes había avisado de mi despido. Desde luego no era el trabajo de mi vida, pero me gustaba lo suficiente como para haber estado casi 6 años allí, la mitad de ellos fijo. Pero mis expectativas eran otras. Cuando me llamaron de la universidad de Wisconsin y aseguraron estar interesados en mi colaboración no lo dudé. Trabajar en ésto podía abrirme muchas puertas, y las oportunidades que se me planteaban eran inmensamente apetecibles. Tuve que desempolvar todas aquellas cajas apiladas en el garaje que contenían mis trabajos de investigación. Tiré la mitad de ellas, pues contenían únicamente borradores y bibliografía ya desfasada. Recopilé y ordené aquellas que me serían realmente útiles. Pero el verdadero trabajo no había hecho más que empezar.

Deslicé los dedos por el teclado, buscando las palabras que darían inicio a mi proyecto. Cambié el formato de página e introduje mi clave wi-fi para poder trabajar desde el jardín con mi portátil. Busqué el tabaco por la cocina y preparé un té bien cargado. Paseé por el jardín y jugué con el chucho un rato. Fregué la cocina. Le di una mano a los lavabos y estuve hablando por teléfono con Nacho durante media hora.
No sabía si me aterraba el hecho de empezar a escribir o el ser incapaz de hacerlo. Tenía la mente en blanco. Cuando terminé la cajetilla, decidí ir a comprar más. Enseñar la correa a Nylon lo ponía eufórico y su hocico se dilataba vertiginosamente. Me encantaba su sencilla comprensión de las cosas. Comer, dormir, correr, jugar, hacer pis y copular. Eso era la verdadera vida.

Cuando regresamos, el sol en su zenit cubría todo con su lluvia de sangre.
Entramos por el jardín. La puerta trasera de la cocina se negaba a abrirse y la llave se quebró en la cerradura. No podía creerlo. Me senté en las escaleras, cansado de luchar contra un día que se negaba a morir. Solté a Nylon de la correa y salió corriendo por el jardín. Esperé a que las estrellas crearan el horizonte.
Cuando fumaba, Nylon no solía acercarse, le molestaba el humo como a un gato el agua. Pero me extraño no verlo por el jardín ni escuchar su jadeo ni sus patas en la arena que siempre removía. Le llamé varias veces, sin respuesta. Asustado, con la sensación de tener un nudo enorme en el estómago, rodeé la casa, esperando encontrarle. Tampoco estaba en la entrada. Corrí por la calle y crucé la avenida, oteando cada uno de sus múltiples y conectados brazos. Desesperado, me senté en el asfalto, y hundí la cabeza entre mis piernas, presionando mis ojos contra las rodillas, intentando, en vano, no derramar una sola lágrima. El sonido de un claxon ahuyentó mi rabia de golpe, devolviéndome a la realidad, de la que nunca debía haber salido. Nylon sabía cómo volver a casa, y posiblemente estaría sentado sobre el felpudo, esperándome, pero no podía evitarlo. Hoy había sido un cúmulo de estúpidas circunstancias y al final exploté. Regresé despacio, silbando su nombre sin cesar.

Cuando llegué a nuestra calle, una maraña de pelos se abalanzó sobre mí, ladrando y lamiéndome la cara. Lo abracé y jugué con él. Una voz carraspeó detrás de mí y soltó una risita ahogada.
Me levanté de pronto, tan digno como pude, sujetando las patas delanteras de mi chucho. Mi nuevo vecino, alto y moreno, alargó el brazo, en señal de saludo.

- Buenas noches, ¿Qué tal? Soy Pierre – ¿Francés? - tu nuevo vecino, Nylon se coló en nuestro jardín mientras cenábamos, se llama así ¿No? O eso pone en la chapa
–Así con fuerza su mano. Tenía los dedos largos y delgados.- Debió de oler la barbacoa.

- Encantado, soy Victor, el dueño de este chucho travieso, ¿A qué eres un mal bicho tú? ¿Eh?- Sujeté sus orejas y peiné su lomo con los dedos- Siento si os ha causado algún problema, es muy juguetón, vamos, no dudo que oliera la carne, los animales tienen un olfato increíble para estas cosas.- Rió de buena gana- Ya ves como se ha abalanzado sobre mí.

- Para nada, lo cierto es que imaginamos que sería tuyo, James se acordaba de haberte visto con él paseando por el pueblo.- ¿Inglés? Se mecía con las manos en los bolsillos de la sudadera- Estaba llamando a tu casa, pero no contestabas. En fin, cuando te ha oído, ha salido corriendo.

- Sí, había salido a buscarle, ya me volvía pensando que tendría que regalar su cama y sus juguetes -Pensé rápido que más decir, era una conversación amena, pero un tanto forzada, pues no podía dejar de pensar en aquellas cajas- Oye, estaba pensando que, para agradeceros el favor, podríais pasaros un día de éstos por casa y os invito a un café o un té- Había sido demasiado lanzado, ¿lo había sido? Empecé a sudar, nervioso-

- Hombre, no tienes que agradecernos nada, ha sido un placer compartir la cena con Nylon, pero un café si te lo acepto- Sonreí aliviado.- Es bueno conocer a gente por aquí, más si son tus vecinos y sobre todo si eres nuevo como nosotros. -Soltó una carcajada.- Bueno, me voy a casa que estará James recogiéndolo todo y necesitará ayuda. Lo dicho, un placer, un día de esta semana nos pasamos por allí, ¿de acuerdo?

- Sin problema, estaré en casa toda la semana, simplemente llamar a la puerta- Se alejaba ya cuando levantó el brazo y se despidió con prisa.

Volví a casa, sonriendo como un tonto, mientras Nylon daba vueltas a mí alrededor. Esta vez logré entrar por la puerta principal, sin romper la llave. Mañana debía llamar al cerrajero a primera hora. Después de todo y gracias al perro, el día no había estado tan mal.
La luz de la cocina de los vecinos se apagó para esperar la nueva mañana.

martes, 26 de enero de 2010

14:28

La luz se filtraba por las alargadas ventanas anexas a la puerta, lamiendo con sus rayos todo lo que encontraba a su paso, mostrando con vergüenza la capa de polvo que se acumulaba sobre los muebles.
El sobre estaba sobre la consola del recibidor. Era abultado e inquietante. Era un extraño en mi casa, aunque bienvenido. Llevaba día y medio esperándome como lo había dejado. No sé por qué pretendía que se moviese. No lo iba a hacer por más que yo lo desease. Tampoco iba a cambiar de forma si lo mojase a la luz de la luna. Pero no era capaz de abrirlo, quemaba mi piel, como una piedra recién sacada de las ascuas. Y sin embargo no encontraría mejor remitente que mis manos. Esperaba que se volviese ceniza. Eso, comprendí, solo sucedería cuando me viera capaz de abrirlo, desentrañar su enigma, violar sus fauces y extraer el maldito huevo de oro.
El teléfono atronó en la sala de estar, sacándome violentamente de mi letargo.
No descolgué, pero esperé a escuchar el mensaje en el contestador automático.
Llevaba meses esperando esa llamada. .-. .Ahora sostenía sobre mis hombros dos oportunidades para avanzar y no tenía intención alguna de abandonar a la primera de cambio, por mucho que fuese a costarme.
La consola estaba a solo cuatro pasos, la alcancé de una zancada.
Como esperaba, un agente de la Editorial se había interesado por tu libro y en la carta expresaba educadamente su deseo de recibirme en su despacho. Contarme de primera mano lo mucho que le había gustado y explicarme a su vez todas las condiciones del contrato, aseguraba, cumpliría siempre y cuando yo estuviera de acuerdo. No podía evitar sentirme halagado, pero tenía la sensación de que sus palabras eran mera cortesía.
Descolgué el teléfono y señalé inquisitivamente varios números, esperando escuchar la voz que aliviaría de forma evidente la carga de mi otro hombro.
Antes de oír la señal de llamada, colgué el auricular y salí corriendo. Nylon me observó extrañado y movió su rabo inquieto.
Las puertas del furgón estaban abriéndose por fin.
Era mediodía y la bilis lamía eufórica las paredes de mi estómago. El temblor que me sacudió no pudo expresar como lo hicieron mis pupilas dilatadas la satisfacción que recorría mi cuerpo.
Aquello era todo un espectáculo y yo estaba sentado en primera fila.


No siempre me habían gustado las mudanzas, en realidad no me gustaban, pero el hecho de mudarse implicaba, por lo general, un cambio importante en la vida de las personas, sin importar hacia que lado se inclinase la balanza. Romper con la rutina me hipnotizaba.
Cuando era pequeño, me mudé por primera vez a la ciudad. Dejé en la aldea mi familia, mis amigos, mi infancia. Recuerdo el tractor que olvidé en la gasolinera de algún kilómetro comarcal. La lluvia golpeando los cristales y el quejumbroso y constante ronquido del motor. Recuerdo el silencio de mi padre y mi corbata húmeda. La noche en vela, acurrucado sobre el colchón sin somier en una habitación oscura y vacía. Fue un cambio brusco para mí, pero sobre todo fue triste.
Cuando escapé de casa, comprendí el efecto positivo que tenían las mudanzas, sobre todo porque era yo el que se iba, era yo el que cambiaba.

Los peones de mudanza iban y venían sin descanso. Aquel camión era un pozo sin fondo y cuando me disponía a aplaudir, otro camión surgió por la esquina de la manzana. El primero contenía cajas en su mayoría pequeñas, incluso diminutas. El segundo solo contenía cuatro, embaladas perfectamente y encajadas con cuidado dentro de unas estructuras de madera.
Eran sin lugar a dudas el premio que había estado esperando. Hizo falta la ayuda de varios peones para transportarlas al interior de la casa. Cuando terminaron la mudanza, se fueron como habían venido y aquí no había pasado nada. Sin embargo, en ningún momento aparecieron los dueños de la casa.
Mi marca de heroína no había hecho más que aumentar porque el enigma estaba complicándose, surgiendo en mí nuevas preguntas sin respuesta. Lo único que podía hacer era controlar el mono y esperar la llegada de los desconocidos.

Sin embargo, lo especial de esta mudanza era que me había devuelto el niño que llevaba dentro. Algún peón con corazón había dejado sobre el porche una caja rota, de la que sobresalía como el tallo débil en una semilla, el brazo rojo y mecanizado de un pequeño tractor de juguete.

sábado, 23 de enero de 2010

Martes de Paz

Era Enero y nevaba. La nieve se acumulaba sobre el alféizar como el polvo sobre el alto reloj de ébano. Cada vez que anunciaba las horas, su gran péndulo dorado se balanceaba como la campanilla de un lobo asustado en lo profundo de sus fauces. Las pelusas vibraban sobre el reloj a las doce de manera frenética.
Cuando los Nazis se empezaron a deprimir de asesinar a bocajarro inventaron las cámaras de gas, para no sofocarse.
La muerte habitaba en las ropas rancias y ametralladas y en los ataúdes apilados en las morgues. Una invasión de carteros acudía a los hogares para entregar noticias de muertos y no tan muertos, como una marabunta de carpas uniformadas atrayendo el mal presagio.
Cuando mi hijo volvió de la guerra, vació de paz, yo había tenido dos más. Se levantaba a pasear de madrugada, de noche lloraba en silencio, mojando unas sábanas limpias que ya no reconocía.
Mis hijos pequeños, asustados, preguntaban por qué un adulto se hacía pis en la cama.
- Porque puede- Respondía, luego les pegaba.
Una noche yo también mojé la cama. La guerra nos había desgastado los años.
Entonces, deseé que mi hijo hubiera muerto en la guerra. Yo no quería un fantasma entre mis sábanas. Un día no volvió.
Su larga ausencia no hacía más que confirmar su muerte. Desde que regresó de la trinchera, yo no había sido capaz de entrar en su cuarto, ahora tampoco lo haría. No quería descubrir una verdad tan cruel y cruda como la soledad de un padre.
Lo imaginaba acobardado bajo un puente, como en su trinchera de asfalto y mugre, a salvo del mundo y de sí mismo. Lo buscaba en los campos y senderos que circundaban el pueblo. Pero no apareció. Nos vestimos de luto y velamos su fotografía sobre el piano toda una noche. Al alba volvimos a la costumbre de vivir sin él, como si nunca hubiera vuelto de la guerra.

Llovió durante la primavera, sin tregua, inundando los valles profundos, mojándolo todo, lavando la sangre de las aceras y la grasa humana que rezumaba de las fosas.
En verano la guerra acabó. Ganamos, pero ¿A qué precio?
El mundo no comprendía que la guerra solo era una gran montaña de cuerpos tibios y engranajes violados, ahogados en la sinrazón de una destrucción irreparable y un dolor constante y aletargado.
Sin embargo esta guerra acabó como todas.
La gente colgó banderas en los balcones y aulló eufórica en las calles, inundándolas con los coloridos trajes de domingo.
Era martes, martes de Paz y mi hijo no regresó, ¿Qué había de paz en ello?
Le esperaba una familia herida, rota y magullada por el dolor. Unas sábanas limpias y secas, una rutina de silencios únicamente alterados por las campanas que anunciaban misas, comuniones y bautizos.
Era martes de Paz y mi hijo no regresó.
Después de todos estos años me acurruqué en su cama y lloré por primera vez, rasgando el alba con sollozos ahogados, desvelado por un dolor ciego que no entendía de sábanas mojadas ni de guerra ni de ausencia ni de muerte.
Lloré porque en lo más profundo de mi ser comprendí como solo un padre puede que mi hijo estaba vivo, pero su corazón no volvería a palpar lo humano de una sonrisa ni el calor de un abrazo. Porqué lo humano de mi hijo había muerto en aquella trinchera y nunca más volvería.